jueves, 15 de febrero de 2024

Libres

    Se santiguó tres veces, miró hacía la puerta. Sabía que cuando cruzase aquel pórtico estaría en boca de todos. Quizás debería haber hecho lo que su madre le decía, quizás debería haber aguantado, como lo habían hecho tantas mujeres toda la vida… como dios manda.

    Apretó los labios cuando ese pensamiento paso por su cabeza. El pueblo era pequeño, y todo el mundo sabía lo que se cocía en todas las casas. Quizás por eso era tan difícil disimular, quizás por ello aún entendía menos que se la juzgase a ella. Negó con la cabeza, volvió la mirada hacia la imagen de la virgen que se hallaba en el centro del retablo del altar. Una madre llorando con su hijo muerto en el regazo imploraba al cielo, con lagrimas en los ojos. Unos ojos que miraban hacía el techo abovedado del templo.

    Hacía casi veinte años que bajaba de aquel altar siendo la mujer más feliz del mundo, con Ricardo del brazo, con una sonrisa en la cara y la cabeza muy alta. Su padre le decía que su sonrisa iluminaba el mundo, menos mal que ya murió, pensó con una mezcla de tristeza y alivio. Aunque siempre sospechó que era culpa de Ricardo que aquella sonrisa se fuese apagando... jamás hizo nada. Lo que pasa de puertas para adentro… son cosas de cada uno, y uno por muy padre que sea, no se ha de meter en lo que pasa en un matrimonio.

    Una voz se escuchó desde la puerta, -¡Mamá!, ¿Sales?.-, Asintió con la cabeza intentando pintar una sonrisa en su cara. Y de repente recordó, recordó porque lo había hecho, mejor dicho, recordó por quién lo había hecho. En ese preciso instante, le volvió el valor, recupero todo el coraje que tuvo que acumular para dejarlo, para acabar con todo aquello. Lo hizo por ella claro esta, ya no estaba dispuesta a aguantar sus insultos, sus amenazas. Lo difícil fue tomar la decisión, pero fue Elena quien le dió la fuerza que necesitaba. No quería que ella tuviese que pasar por lo mismo, no quería que normalizase todo aquello. Porque no, no había que aguantar, como toda la vida, y esperaba que algún día Elena no tuviese que dejar de trabajar cuando se casase, que no tuviese que depender económicamente de nadie, que supiese que ella es y siempre será libre.

    Levantó la cabeza, se ajustó la chaqueta que llevaba en los hombros, y empezó a caminar hacia la puerta, y poco a poco fue irguiendo la espalda y su sonrisa volvió a aparecer en la cara, y con su sonrisa una voz se metió en su cabeza, era ella misma. Empezó a escuchar el bullicio de las conversaciones que venia del pórtico, y sobre todas ellas, la voz de su cabeza le decía… -Si, también lo haces por ellas, por todas aquellas que ahora te criticaran, pero sus hijas, ellas no tienen la culpa, y con tu valentía… las haces más libres-.